Δευτέρα, 5 Μαρτίου 2012

ΑΝΤΙΟ, ΑΛΕΞΑΝΔΡΕΙΑ 2


No podía imaginarme a la buena de Fatma, la mujer que ayudaba a mi madre en las faenas de casa, ni a ninguno de los egipcios a los que conocía, causándonos daño de ningún tipo, pero sentía que mi presencia no era grata porque no pertenecía a su mundo. Los egipcios, los «moros», como los llamábamos al igual que a todos los demás árabes, eran personas buenas y compasivas. Los que estaban más próximos a nosotros nos querían aunque fuésemos extranjeros y viviésemos en su país mucho mejor que la mayoría de ellos. A quien temía era la muchedumbre xenófoba y fanática. Una consigna, un mínimo pretexto podía incitarlos de nuevo a la revuelta. Nada en nuestra vida cotidiana parecía inquietante y, a pesar de todo, sentía que se acercaba el momento de partir.
Deseaba que nos diera tiempo a marcharnos pacíficamente. Tenía la impresión de que mi patria, aunque estuviera tan cerca, se encontraba lejos como una nube. Una vez vi en el cine un reportaje sobre Grecia; las lágrimas que se desbordaron de mis ojos no bastaban para describir al amor inimaginable que sentía por mi país.
Pero ¿cómo nos verían a nosotros, los egiptiotas, nuestros compatriotas griegos? ¿Nos recibirían de buen grado o volveríamos a ser extranjeros, y esta vez en nuestra propia patria?
Sería mucho más fácil para mí sentirme extranjera en Australia, en Sudáfrica o en América que en Grecia. Nuestra mentalidad debía de ser parecida a la de los griegos. Habíamos conservado con obstinación las costumbres y tradiciones griegas, nuestra lengua y nuestra religión; pero, por otra parte, habíamos tenido otras vivencias, otra historia, y recibido muchas influencias extranjeras, occidentales y quizá también islámicas. Como dijo Kavafis en si poema «Regreso de Grecia»:

Es preciso reconocerlo de una vez:
Nosotros también somos griegos. ¿Qué otra cosa somos?
Con amores y emociones
que a veces al helenismo le extrañan.


Cuando años después llegué a Grecia con mi madre, vi que mis temores estaban en cierto modo justificados. Nuestra pobre patria intentaba ponerse en pie tras dos guerras mundiales y una civil, y desde luego los enjambres de refugiados que llegaban de Egipto no contribuían precisamente a mejorar la situación. Fue preciso que libráramos una fuerte batalla. La lucha para aceptarnos, sobrevivir e integrarnos fue larga y difícil, y cada uno de nosotros la afrontó a su manera. Y qué difícil es cuando una parte del alma queda atrás, en el lugar donde uno ha nacido.
Dafni Alexandru: Adiós, Alejandría (Destino,1998)

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