Παρασκευή, 30 Μαρτίου 2012

Η ΦΟΝΙΣΣΑ 2

Su padre era ahorrador, trabajador y prudente. Su madre era mala, blasfema y envidiosa. Era una de las arpías de su época. Sabía de brujería. La habían perseguido dos o tres veces los bandoleros, los mozos de Caratasos y de Gatsos y de los demás jefes guerrilleros de Macedonia. Lo hicieron para vengarse, porque les había aojado y no les iban bien las cosas. Tres meses estuvieron de brazos cruzados, y no pudieron hacerse con ningún botín, ni de turcos, ni de cristianos, y el Gobierno de Corinto no les había mandado ninguna ayuda.
La habían perseguido desde la cima de San Atanasio hasta la llanura del Profeta Elías, la de los altos plátanos y la próspera fuente, y desde allí hasta Merovili, en la ladera de la montaña, entre la espesura y las arboledas. Probó a esconderse entre unos matorrales, pero no se dejaron engañar. El rumor de las hojas y las ramas, y su propio miedo, que transmitía un temblor temeroso a las ramas y arbustos, la traicionaron. Escuchó entonces un grito feroz:
—¡Te agarramos, moza!
Ella saltó por entre los arbustos y corrió como tórtola asustada, con sus anchas mangas blancas aleteando. No había ya esperanza alguna de escaparse. Antes, la primera vez que la habían perseguido, había conseguido esconderse, abajo en Piryí, lugar abundante en senderos. Aquí, en Merovili, no había veredas ni laberintos, sólo arboledas y sendas escabrosas. La entonces joven Deljaró, la madre de Frangoyanú, saltaba como una cervatilla de arbusto en arbusto, descalza, pues hacía mucho que se había quitado las zapatillas de los pies (uno de los perseguidores había cogido una como trofeo) y las había tirado tras ella, y las espinas se le clavaban en los talones, y le raspaban los tobillos y las piernas, y le hacían sangre. Entonces, en su desesperación, tuvo una idea.
En aquel bosque, en la ladera de la montaña, había un único olivar cultivado, llamado el Pino de Moraitis. El viejo Moraitis, el abuelo del propietario, había emigrado desde Mistrás hasta aquel lugar a finales del siglo anterior (en la época de Catalina la Grande y Orloff). El famoso pino se erguía en mitad del olivar, como un gigante entre enanos. El árbol milenario estaba hueco cerca de la raíz, en la parte inferior de su gigantesco tronco, que ni cinco hombres podrían rodear con sus brazos. Los pastores y pescadores lo habían ahuecado, le habían vaciado el corazón, le habían excavado la tierra alrededor, para obtener de él abundante madera resinosa para hacer teas. Y pese a su terrible herida en las fibras, en las entrañas, el pino sobrevivió otros tres cuartos de siglo, hasta 1871. Aquel año, alrededor de julio, los habitantes sintieron un gran terremoto, a una milla de distancia, bajo el agua. Aquella noche cayó el gigante.
Hacia aquel hueco, dentro del cual podían sentarse cómodamente dos personas, corrió a esconderse la entonces recién casada Deljaró, la madre de nuestra Frangoyanú. La resolución era desesperada y casi infantil. Allí no estaba escondida más que en su fantasía, como si jugara al escondite. Sus perseguidores, por supuesto, la verían, descubrirían su refugio. Sólo por detrás estaría a salvo, pero no de frente. En cuanto los tres bandoleros rebasaran el pino, la verían como clavada allí.
Los tres hombres corrieron, pasaron de largo y continuaron su carrera. Dos de ellos ni siquiera se dieron la vuelta para mirar atrás. Imaginaban que la muchacha corría delante de ellos. Sólo en el último momento el tercero se volvió hacia atrás, algo confundido, y miró a todas partes menos hacia el tronco del árbol. Veía también una parte del árbol, pero no imaginó que el árbol tenía una cavidad, ni que dentro de la cavidad se escondía una persona. Tuviera o no noticia del hueco del gigantesco árbol, en ese momento no pensó en él. Miró a ver dónde se había abierto la tierra para tragársela —pues no había ningún lugar donde hubiera podido esconderse—. Las dríadas, las ninfas de los bosques, a las que quizás invocaba en su brujería, la protegieron, cegaron a sus perseguidores, arrojaron a sus ojos bruma verdosa, hierba oscura, y no la vieron.
La joven mujer se salvó de sus garras. Y después continuó haciendo brujería, hechizos contra los bandoleros, para desbaratarles el negocio, de manera que no encontraban botín por ninguna parte (y con la ayuda de Dios se calmaron las cosas, y el sultán Mahmud regaló, según dicen, las Espóradas Septentrionales, las «Islas del Diablo», a Grecia), y desde entonces comenzaron a contribuir a la hacienda pública. De recaudar botines pasaron a recaudar impuestos, y desde aquel momento, todo el pueblo elegido sigue trabajando para la sorda y enorme panza central.
Jadula Frányisa, aunque muy pequeña, ya había nacido, y recordaba todo lo que contaba luego su madre. Después, cuando creció, y cumplió diecisiete años, y todo estaba más o menos en paz, en la época de Capodistrias, sus padres la casaron, y le dieron por marido a Yanis Frangos, al que luego su mujer llamaría el Sombreros y el Cuentas.
Estos dos sobrenombres no se los había dado su esposa Jadula sin motivo. «Sombreros» lo había apodado aun antes de casarse, cuando se reía de él a menudo, con su malicia virginal (sin saber que él sería «su suerte» y «su destino») porque, en lugar de fez, llevaba una especie de sombrero alto, rojo ceniza, con flecos cortos. «Cuentas» lo apodó más tarde, después de casados, porque acostumbraba a decir la frase «así están las cuentas», y porque, además, era incapaz de contar ni siquiera unas pocas monedas, ni dos jornales. Si no hubiera sido por ella, lo habrían engañado todos los días; nunca le habrían pagado correctamente su esfuerzo en los barcos, los astilleros y las atarazanas, donde trabajaba como carpintero o calafateador.
Había sido durante mucho tiempo alumno y aprendiz de su padre, ya que ejercía el mismo oficio. Cuando el viejo lo vio tan simple, austero y modesto, lo apreció, y decidió hacer de él su yerno. De dote le dio una casa abandonada, medio derruida, en el antiguo Castro, habitado hace tiempo, antes de 1821. Le dio también un huerto, situado en las afueras de Castro, sobre una costa escarpada, a tres horas de la ciudad actual. Asimismo un pequeño terreno sin cultivar que el vecino reclamaba como suyo; el resto de los vecinos decían que los dos terrenos que se disputaban se los habían apropiado, y que en realidad eran de manos muertas, y pertenecían a un monasterio abandonado. Esta fue la dote que dio el viejo Stazarós a su hija. Además era hija única. Para sí mismo, su mujer y su hijo guardó las dos casas recién construidas en la villa nueva, los dos viñedos cerca de ésta, dos olivares, unos pocos campos y cuanto dinero tenía.

Hasta aquí habían llegado los recuerdos de Fragoyanú aquella noche. Era la undécima noche después del parto de su hija. La niña había tenido una recaída y sufría horribles dolores. Había venido al mundo enferma. La desgracia la perseguía desde el vientre de su madre... En aquel instante se escuchó una tos espasmódica, y sus ensueños y recuerdos se interrumpieron. Se levantó del catre en el que estaba recostada, se inclinó sobre la criatura, e intentó ayudarla. Acercó a la luz del candil un pequeño frasco. Probó a darle una cucharada en los labios a la niña. La pequeña tragó el líquido y un momento después lo vomitó de nuevo.

Alexandros Papadiamantis: La asesina (Periférica, 2010)
trad.: Laura Salas Rodríguez


María Alkeu en la película de Costas Feris, 1974

Tula Stazopulu en la teleserie de Ángelos Kovotsos, 1993

1 - 2 - 3

Lidía Koniordu
Teatro Politía, Atenas, 1998-99


Beti Arvaniti
Teatro Odú Kefalinías, Atenas, 2011-12

Κυριακή, 25 Μαρτίου 2012

"Η ΚΡΗΤΙΚΟΠΟΥΛΑ" ΤΟΥ ΣΠΥΡΟΥ ΣΑΜΑΡΑ ΣΤΗΝ ΕΘΝΙΚΗ ΛΥΡΙΚΗ ΣΚΗΝΗ


La muchacha de Creta (1916)
Una ópera cómica de Spiros Samaras
Escena Lírica Nacional, 3-4/2012

Spyridon Samaras nació en Corfú el 17 de noviembre de 1861 y murió en Atenas el 25 de marzo de 1917 [dependiendo del calendario 29.11.1861 y 17.04.1917]. Estudió composición con Léo Delibes, Théodore Dubois y Charles Gounod en el Conservatorio de París en 1882, en esa etapa se convierte en el favorito de Jules Massent; en 1885 se traslada a Italia y fue el primer compositor griego en alcanzar reconocimiento internacional, sobre todo con sus óperas dedicadas al verismo. Flora mirabilis, estrenada en Milán en 1886, Dos años después estrenaría Medgé en el Teatro Constanza, Martire del La, en esta etapa estaba asociado con el editor Edoardo Sonzogno que fundó el Teatro Lírico Internazionale en donde se estrenó la obra el 22 de septiembre de 1.894, Historia de Amor -1903-, La señorita de Belle-Isle -1905- o Rhea -1908.
Fue el autor del Himno Olímpico que se usó por primera vez en los Juegos de 1896 y se convirtió, por decisión del Comité Olímpico Internacional en el himno oficial del COI en 1958, se empleó por primera vez en 1960 y, tras su oficialización, en la apertura de los Juegos Olímpicos a partir de 1964. El otro personaje que colaboró en esta pieza musical, patrimonio de la familia olímpica fue Kostis Palamas (1859-1943), uno de los más grandes poetas griegos de todos los tiempos y máximo representante de la literatura moderna helena (cultureduca.com)

Τρίτη, 20 Μαρτίου 2012

ΠΑΤΡΙΑΡΧΕΙΟ ΑΛΕΞΑΝΔΡΕΙΑΣ


El Patriarcado Ortodoxo Griego de Alejandría y de toda África, llamada también Iglesia Ortodoxa Copta o Iglesia Ortodoxa Griega de Alejandría para diferenciarla de la Iglesia Copta, es una de las nueve Iglesias autocéfalas de la Iglesia Ortodoxa que gozan del rango patriarcal (segundo patriarcado en cuanto a rango de primacía).
El Patriarca ortodoxo de Alejandría se considera sucesor de Marcos el Evangelista, a quien se atribuye la fundación de esta Iglesia en el siglo I, como obispo de Alejandría. Es uno de los cinco antiguos patriarcados de la Iglesia primitiva.
Esta comunidad es dirigida hoy por el Su Beatitud Papa y Patriarca de la gran ciudad de Alejandría, Libia, Pentápolis, Etiopía, todo Egipto y toda África, Padre de los Padres, Pastor de Pastores, Prelado de Prelados, el decimotercero de los Apóstoles y Magistrado de la Ecumene, Teodoro II. Agrupa a unos 250.000 fieles en África. Utiliza el griego como lengua litúrgica.


Hasta el Concilio de Calcedonia (451), los cristianos de Egipto estaban unidos bajo un solo Patriarcado; pero años mas tarde, a consecuencia de las controversias acerca de las enseñanzas cristológicas conciliares, se produjo una profunda escisión dentro de la Comunidad. En aquellos días se usaba la antigua liturgia Alejandrina, pero dentro del Patriarcado griego fue gradualmente reemplazada por la liturgia bizantina, y el Rito Alejandrino desapareció alrededor del siglo XII. Con la conquista árabe, y el consecuente retiro de las tropas bizantinas en el año 642, los griegos de Egipto sufrieron persecución a causa de su vinculación con el Imperio Bizantino. Esta difícil situación empeoraría aún mas con la invasión turca de 1517. El Patriarca griego de Alejandría comenzaría a residir alternativamente en Constantinopla y sólo después del año 1846, los Patriarcas volvieron a residir de modo permanente en Alejandría.
En los primeros años del siglo XX, una significativa inmigración de griegos y árabes ortodoxos se establecieron dentro de Egipto, y de otros países africanos, con lo cual la feligresía de este Patriarcado se incrementó fuertemente. En 1907 el número de griegos en Egipto era estimado en alrededor de 190.000 personas, pero noventa años después, en 1997, ese número cayó dramáticamente a tan solo unos 1.600 residentes. Actualmente el Patriarcado tiene jurisdicción sobre todos los fieles ortodoxos de Africa.
En los años 30 del siglo XX, un movimiento indígena espontáneo africano se volvió hacia la ortodoxia. Las comunidades en el Africa Oriental fueron organizadas dentro de la Arquidiócesis de Irinoupolis, con sede en Nairobi, durante el transcurso del año 1958. Este grupo es actualmente servido por un creciente clero africano nativo, junto a tres obispos. En 1998 había alrededor de 80 sacerdotes en Kenya, 22 en Uganda, y 11 en Tanzania. En Noviembre de 1994 el Santo Sínodo del Patriarcado creó una diócesis por separado para Uganda, y eligió al primer obispo negro dentro de esta Iglesia.
El Patriarcado es gobernado hoy sobre las bases de una serie de regulaciones que fueron originalmente adoptadas hacia fines del siglo XIX. Estas establecía un sistema de corte sinodal de administración, en contraste con la anterior forma de gobierno que era ejercida sólo por el Patriarca; también se dictaminó que el Patriarca podría ser elegido por clérigos y laicos. El Santo Sínodo el cual está compuesto por al menos siete Metropolitanos y se reúne cada seis meses. (es.wikipedia.org, mercaba.org)

Πέμπτη, 15 Μαρτίου 2012

ΑΝΤΙΟ, ΑΛΕΞΑΝΔΡΕΙΑ 3

En aquella época de khedives, durante la dominación inglesa, nació y vivió nuestro poeta Kavafis, cuya obra alcanzaría resonancia mundial. Sin embargo, no recuerdo que nos lo enseñaran en la escuela. Quizá fue por casualidad, aunque creo que la culpa era del puritanismo que se había extendido en Alejandría en los últimos tiempos. El profesor de literatura griega moderna era un hombre de unos cuarenta años, bajo y gordo, con los ojos saltones y gruesas gafas miope. Cuando entraba en clase se hacía silencio, las miradas clavadas en él.la fascinación que ejercía sobre nosotros aquel ser con aspecto de sapo era increíble. Subía a la tarima, abría su libro y con su característica voz de trueno iniciaba un monólogo que nos conducía mundos inexplorados y cautivadores. Casi nunca nos examinaba, estaba seguro de que lo que nos decía quedaba grabado con todo detalle incluso en el cerebro del más inepto. Cuando sonaba el timbre del recreo, en lugar de salir disparatados como de costumbre nos quedábamos inmóviles y un poco confusos, pues en aquel instante se apagaba el sueño y debíamos readaptarnos a la realidad. A este profesor le debo mi amor a la literatura. Y sin embargo , no recuerdo haber oído nunca de su boca el nombre de Kavafis.
Un día, cuando aún vivíamos en Alejandría, al pasar las páginas de un libro descubrí el poema “Itaca”. Mi instinto me lo hizo leer. No me fijé en quién lo había escrito, pero lo cierto es que el poema me causó un gran impacto por más que determinadas expresiones como los “perfumes de placer” me resultaban incomprensibles. Mis ansias de viajar, de vivir una vida plena de aventuras, conocimientos y experiencias unidas a la emoción que me provocó el poema fermentaron en mi interior. “Itaca” se convirtió en guía de cada uno de mis pasos.

Cuando vinimos a Grecia, vivimos una temporada en la calle Colette. Casi cada día, al regresar del colegio, un hombre vestido de forma extravagante me abordaba e intentaba entablar conversación conmigo. Era un desconocido, yo le contestaba por pura educación y me iba corriendo con la excusa de que me esperaban en casa. Hasta que un día insistió más de lo normal. A pesar de su apariencia excéntrica me pareció una persona seria y quise oír lo que tenía que decirme: me propuso representar pequeños papeles en el teatro y matricularme en la escuela del arte dramático. Según dijo era director de teatro y su instinto infalible le decía que yo era una actriz nata. Me preguntó de dónde era –pues tenía aspecto de extranjera- y yo le respondí que había nacido en Alejandría.
-¿Has leído a vuestro gran poeta Kavafis?
-No lo conozco.
Me miró sorprendido.
.-No es posible que una alejandrina no conozca a Kavafis.
Me sentí mal y deseé huir.
(…) gracias a él conocí a Kavafis. A la mañana siguiente compré sus poemas y me sumergí en la lectura. Desde el primer momento me cautivó su escritura simple y concisa; me recordaba “Itaca”. Busqué este poema y lo encontré: era suyo. No puedo negar que algunos de sus poemas eróticos, como “Recuerda , Cuerpo…” o Una noche” me escandalizaron, pero no por ello dejé de leerlos. Quizá fueron precisamente esos poemas lo que me hizo abandonar poco a poco el puritanismo a ultranza que me habían inculcado; no iba con mi naturaleza esa estrechez de miras. Con el tiempo empecé a entenderlo mejor. Cada vez que tenía un problema, o me sentía deprimida, sus poemas me daban una respuesta o me consolaban.

Dafni Alexandru: Adiós, Alejandría (Destino,1998)



Σάββατο, 10 Μαρτίου 2012

ΑΛΕΞΑΝΔΡΕΙΑ. ΜΕΡΕΣ ΤΟΥ...


DÍAS DE 1896

Se envileció totalmente. Una tendencia erótica
muy prohibida y despreciada
(innata sin embargo) fue la causa:
era la sociedad puritana en extremo.
Gradualmente perdió su escaso dinero;
después perdió su rango, y su reputación.
Se acercaba a los treinta sin que nunca por un año
durara en un trabajo, al menos conocido.
A veces sus gastos los ganaba
con tratos que se consideran vergonzosos.
Llegó a ser un sujeto que al que vieran con él
a menudo, era probable que lo comprometiera en forma
grave.
Pero no sólo esto. Ello no sería justo.
Bastante más vale de su belleza el recuerdo.
Otro aspecto existe que si desde él se mira
aparece como atractivo; aparece como un sencillo y
verdadero
muchacho del amor, que por sobre el honor,
y su reputación colocó sin prevenciones
la voluptuosidad pura de su cuerpo puro.
En cuanto a su fama? La sociedad que era
puritana en extremo sacaba necias conclusiones.

DÍAS DE 1901

Esto era lo que había en él de singular:
que en medio de toda su vida disoluta
y de su mucha experiencia en el amor,
a pesar de la habitual armonía
entre su actitud y su edad,
había algunos instantes -pero muy raros
ciertamente- en que daba la impresión
de una carne casi intacta.
La hermosura de sus veintinueve años,
tan probada en el placer,
había momentos en que paradojalmente recordaba
a un adolescente que -con cierta torpeza- al amor
por primera vez su cuerpo puro entrega.


DÍAS DE 1903

No los hallé ya otra vez -tan luego perdidos...
los ojos poéticos, el pálido
rostro ... en el anochecer de la calle ...
No los hallé ya más -conquistados sólo por casualidad,
que así con ligereza dejé;
y después con angustia anhelaba.
Los ojos poéticos, el pálido rostro,
los labios aquellos no los hallé más.


DÍAS DE 1908

Aquel año se encontró sin trabajo;
y en consecuencia vivía de las cartas,
y de los dados, y de dinero prestado.
Un puesto, con tres liras al mes, le habían ofrecido
en una pequeña papelería.
Pero lo rechazó, sin ninguna vacilación.
No le venía. No era sueldo para él,
un joven con bastante cultura, y de veintidós años.
Ganaba, no ganaba dos, tres chelines al día.
De las cartas y los dados qué podía sacar el muchacho,
en los cafés de su clase, populares,
por más que jugara con viveza, por más que eligiera necios.
El dinero prestado, eso era y no era plata.
Raramente alcanzaba a un talero, lo más frecuente medio,
a veces caía a sólo un chelín.
Cada semana, a veces más seguido,
cuando se libraba del terrible trasnochar,
se refrescaba bañándose, nadando en la mañana.
Su ropa era una terrible ruina.
Siempre llevaba el mismo traje, un traje
muy desteñido color canela.
Ah días del verano del novecientos ocho,
de vuestra visión, artísticamente,
se borró la ropa raída color cáscara.
Vuestra visión lo conservó
cuando se despojaba de ellas, cuando se las quitaba,
las ropas indignas, la ropa interior remendada.
Y quedaba enteramente desnudo,
inmaculadamente hermoso: una maravilla.
Sus cabellos sin peinar, desordenados;
sus miembros un poco quemados
por la desnudez matinal en los baños, y en la playa.


DÍAS DE 1909, 1910 y 1911

De un maltraído, pobrísimo marino
(de una isla del Mar Egeo) era hijo.
Trabajaba donde un herrero. Usaba ropa vieja.
Sus zapatos de trabajo raídos y míseros.
Sus manos estaban manchadas de herrumbre y aceite.
Al caer la noche, cuando cerraba el taller,
si había algo que deseaba mucho,
alguna corbata un poco cara,
alguna corbata para el domingo,
o si había visto en una vitrina y la quería
alguna bonita camisa azul oscuro,
vendía su cuerpo por un talero o dos.
Me pregunto si en los tiempos antiguos
poseyó la gloriosa Alejandría un joven más bellísimo,
un muchacho 'más perfecto que él - que se perdió:
no hubo, se comprende, estatua o pintura suya:
arrojado al mísero taller de un herrero,
se hubo de acabar tempranamente por el trabajo penoso
y por una vulgar corrupción, desdichada.

Constantino Cavafis / Grecia

Δευτέρα, 5 Μαρτίου 2012

ΑΝΤΙΟ, ΑΛΕΞΑΝΔΡΕΙΑ 2


No podía imaginarme a la buena de Fatma, la mujer que ayudaba a mi madre en las faenas de casa, ni a ninguno de los egipcios a los que conocía, causándonos daño de ningún tipo, pero sentía que mi presencia no era grata porque no pertenecía a su mundo. Los egipcios, los «moros», como los llamábamos al igual que a todos los demás árabes, eran personas buenas y compasivas. Los que estaban más próximos a nosotros nos querían aunque fuésemos extranjeros y viviésemos en su país mucho mejor que la mayoría de ellos. A quien temía era la muchedumbre xenófoba y fanática. Una consigna, un mínimo pretexto podía incitarlos de nuevo a la revuelta. Nada en nuestra vida cotidiana parecía inquietante y, a pesar de todo, sentía que se acercaba el momento de partir.
Deseaba que nos diera tiempo a marcharnos pacíficamente. Tenía la impresión de que mi patria, aunque estuviera tan cerca, se encontraba lejos como una nube. Una vez vi en el cine un reportaje sobre Grecia; las lágrimas que se desbordaron de mis ojos no bastaban para describir al amor inimaginable que sentía por mi país.
Pero ¿cómo nos verían a nosotros, los egiptiotas, nuestros compatriotas griegos? ¿Nos recibirían de buen grado o volveríamos a ser extranjeros, y esta vez en nuestra propia patria?
Sería mucho más fácil para mí sentirme extranjera en Australia, en Sudáfrica o en América que en Grecia. Nuestra mentalidad debía de ser parecida a la de los griegos. Habíamos conservado con obstinación las costumbres y tradiciones griegas, nuestra lengua y nuestra religión; pero, por otra parte, habíamos tenido otras vivencias, otra historia, y recibido muchas influencias extranjeras, occidentales y quizá también islámicas. Como dijo Kavafis en si poema «Regreso de Grecia»:

Es preciso reconocerlo de una vez:
Nosotros también somos griegos. ¿Qué otra cosa somos?
Con amores y emociones
que a veces al helenismo le extrañan.


Cuando años después llegué a Grecia con mi madre, vi que mis temores estaban en cierto modo justificados. Nuestra pobre patria intentaba ponerse en pie tras dos guerras mundiales y una civil, y desde luego los enjambres de refugiados que llegaban de Egipto no contribuían precisamente a mejorar la situación. Fue preciso que libráramos una fuerte batalla. La lucha para aceptarnos, sobrevivir e integrarnos fue larga y difícil, y cada uno de nosotros la afrontó a su manera. Y qué difícil es cuando una parte del alma queda atrás, en el lugar donde uno ha nacido.
Dafni Alexandru: Adiós, Alejandría (Destino,1998)
Related Posts with Thumbnails