Πέμπτη, 25 Αυγούστου 2011

ΤΟ ΕΛΛΗΝΙΚΟ ΚΑΛΟΚΑΙΡΙ

La primera vez que viajé a Grecia fue en 1947; la última, en otoño de 1966.Mi última imagen del país es la siguiente: una isla del mar Egeo, sin árboles, con un único pueblo y un paisaje pelado donde la miseria y la belleza se alían como dos laderas de una misma colina. Miseria y belleza. Alianza de contrarios, como esa frase de Heráclito que los paisajes de las Cíclades no dejan de recitar con su luz: «La armonía suprema es la coincidencia de los contrarios. Todo se hace, y se deshace, por la discordia». El hecho de que la imagen de esa isla perdida me acompañe aún con tanta fuerza tal vez se deba simplemente a que fue la última. Sin embargo, con el paso de los años, me doy cuenta de hasta qué punto los recuerdos se mezclan en mi memoria como en un juego enigmático. ¿Por qué algunos recuerdos, aparentemente tan anodinos, perduran insistentes como si quisieran transmitirme un mensaje cuyo sentido todavía no alcanzo a comprender? Como éste, por ejemplo, de un día en que recorría un camino por el monte Atos:


De vuelta al monasterio donde me alojaba, después de una larga excursión a las cuevas de los ermitaños,me detuve ante un paisaje ya conocido y, no obstante, fantásticamente nuevo: una ladera donde se escalonaban pequeñas casas destartaladas, cubierta de olivos y naranjos, con una mancha blanca que era una terraza sombreada por un parral, y la redondez de una cúpula erguida como un seno hacia el cielo. A través del tamiz de árboles—donde se adivinaba, invisible, la presencia de los monjes—, se oían voces, sonidos y gritos con una nitidez asombrosa a pesar de su lejanía. Me quedé a escuchar el maúllo de los gatos, el ruido seco de una rama que se quebraba, el murmullo de las conversaciones, de las que casi distinguía las palabras, y perdí toda noción del tiempo, como si el paisaje, los gritos y los colores se hubieran convertido en fragmentos de eternidad. Pero de pronto algo se vació, en mí y alrededor de mí, como si la luz se hubiera retirado de los árboles y del cielo, y aquella tarde volvió a ser una tarde cualquiera.
He vivido instantes como éste en diversas ocasiones durante mis estancias en Grecia y me digo a mí mismo que lo que perdura en mí de aquellos años griegos son esos momentos. Cuando los recuerdo, los siento más presentes que nunca, y cuando les busco un sentido, pienso en esos augures antiguos que leían el destino de los hombres y de las ciudades en el vuelo de los pájaros o en el susurro del viento entre la carrasca. Si lo fortuito, si lo accidental, tiene un mensaje —¿y qué hay más fortuito, más accidental, que el vuelo de los pájaros o el silbido del viento?—, entonces esas imágenes que no dejan de aparecérseme también esconden enigmas, lenguajes secretos que marcan un camino que, sin duda, se remonta a mi infancia.

Jacques Lacarrière: Verano griego. 4000 años de Grecia cotidiana (Altaïr)

JACQUES LACARRIÈRE (Limoges, 1925 - París, 2005)
cursó estudios de derecho, filología clásica, e hindi, y ejerció como periodista. En un viaje con el grupo de teatro antiguo de la Sorbona, en 1947, visitó Grecia por vez primera. Su pasión por recorrer esa tierra solo se vio frenada por el Golpe de Estado de los Coroneles, en 1967. Fruto de esta estrecha relación con el país son numerosas traducciones de autores griegos clásicos y contemporáneos, así como sus libro Mont Athos, montagne sainte paraît, Diccionario del amante de Grecia y Promenades dans la Grèce antique, entre otros. En el campo de la literatura viajera, publicó Chemin faisant: Mille kilomètres à pied à travers la France. Publicado en 1976, Verano griego tuvo un gran éxito de público y crítica. En 1991 Jacques Lacarrière recibió el Gran Premio de la Academia Francesa por el conjunto de su obra. Sus cenizas se esparcieron en la isla griega de Espetsas.

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