Παρασκευή 15 Φεβρουαρίου 2013

ΑΚΥΒΕΡΝΗΤΕΣ ΠΟΛΙΤΕΙΕΣ. Η ΤΗΛΕΟΠΤΙΚΗ ΣΕΙΡΑ 1. Η ΛΕΣΧΗ



Stratis Tsirkas: Ciudades ingobernables (Emecé, Buenos Aires, 1976)
Traducción: Miguel Castillo Didier

“No sabía que la soledad se bebiese sorbo a sorbo. Ni que fuera tan amarga. Una jarra entera cada hora. Y mi boca que no acaba de acostumbrarse. Incluso se me sube a la cabeza. Gente que gesticula, que arenga y pontifica. Tumbado o sentado en mi buhardilla los escucho hablar y hablar, como cabezas parlantes. Siempre igual: palabras y palabras fundidas en el mismo molde.”

Stratis Tsirkas: Ciudades a la deriva (Cátedra, 2011)

Ciudades a la deriva. La teleserie 1- El Club

Πέμπτη 14 Φεβρουαρίου 2013

ΕΡΩΣ



Yannis Tsarouchis (Grecia): Eros

Κυριακή 10 Φεβρουαρίου 2013

ΜΑΝΗ

Íbamos ganando altura a un paso vertiginoso. A cada curva que tomábamos, una nueva extensión de Laconia se desplegaba debajo de nosotros. Estas faldas de montaña ya estaban en sombras, pero las correspondientes laderas del monte Parnon se hallaban inmaterializadas por la tenue luz. Los  vespertinos rayos solares incidían de refilón a través de las anfractuosidades de las montañas, llenando con verde y dorado, así como con suaves sombras, las elevaciones y las hondonadas de la depresión lacedemonia. Los errantes meandros del Eurotas se habían contraído en un hilo de agua cuyo recorrido era señalado por adelfas que abrían los frescos, verdes haces de hojas lanceoladas y de bonitas flores de papel blanco y rosa sobre poco más que el recuerdo del agua: un recuerdo cuyo reflejo, a través de los áridos meses que habrían de llegar, protegería del agostamiento a sus brillantes pétalos. Álamos, sauces, chopos y plátanos se agitaban a lo largo de las riberas, los olivares moteaban de verde plateado las moderadas pendientes, y los troncos de los árbolesproyectaban una sombra cada vez más larga. En numeroslugares, la oblicua luz del sol atrapaba los discos de las eras, que, tan lisos e impecablemente circulares como la base para un templo cilíndrico, brillaban como monedas. Ascendimos a una zona en la que parejas de águilas, señoriales y reservadas, planeaban en círculos, separadas unas de otras por unos pocos metros de aire: el último vuelo de la jornada. Las angulosas sombras avanzaban sobre la llanura de debajo, apagando de uno en uno los destellos de las eras.
Nada en la gracia y en el encanto de todo esto podía recordarle a uno la Esparta tan poco dada a los libros y a las musas. El tiempo ha borrado todos los indicios de las odiosas  costumbres de aquella Potsdam del Peloponeso, y un mensaje mucho más antiguo, esclarecido por la indestructible verdad de la leyenda, alcanza al observador a medida que éste mira hacia abajo; un anuncio tan milagroso y consolador como la mano de la argiva Helena apoyada sobre su frente. El observador recuerda que aquí se alzó el palaciode Menelao, ante cuyas puertas Telémaco y Pisístrato refrenaron su carro conel afán de tener noticias de Odiseo; aquí permanecieron como huéspedes del rey de cabellos rojos y de su intemporal reina, y, amodorrados por el nepente, cayeron dormidos. Unos kilómetros al noroeste se extiende el desfiladero que los condujo de regreso a Pilos. Alcanzando Kalamata hacia el ocaso, al día siguiente sus ruedas redujeron la velocidad en las arenas.
El gerente de banco lanzó su jeep por las pendientes escarpadas. Había tenido comienzo una carrera contra el sol. La línea de sombra ascendía por las laderas del Taigeto con la inexorabilidad de las mareas, y por momentos nos sumergía en ella, hasta que algún giro abrupto del camino, que hacía que el coche se sacudiese vertiginosamente, nos alzaba, boyantes, una vez más hacia un último y preciado resplandor. Pero de repente, con un postrero y brusco viraje, nos zambullimos definitivamente en la sombra. El camino giraba hacia el interior por un verde y elevado valle que, con sus árboles y sus rebaños, fue rápidamente colmándose con el crepúsculo.

Patrick Leigh Fermor: Mani. Viajes por el sur de Peloponeso (Acantilado)

Τρίτη 5 Φεβρουαρίου 2013

ΡΟΥΜΕΛΗ

Roumeli no se encuentra en los mapas actuales de Grecia.  No es una demarcación política ni administrativa sino una  denominación regional, casi coloquial; similar a lo que en  Inglaterra llamamos el West o el North Country, los Fens o  el Border. Su extensión ha variado y su ubicación también  ha ido cambiando de modo algo impreciso. Hace unos si­ glos señalaba, a grandes rasgos, el norte del país (en oposición a Morea, el archipiélago y las deshabitadas provincias de Asia Menor), desde el Bósforo hasta el mar Adriático, y de Macedonia al golfo de Corinto. Tras la guerra  de la Independencia, el significado del nombre se redujo  y pasó a designar sólo la parte sur de esta vasta superficie:  la cinta montañosa de territorio situado entre el golfo y la  frontera norte. Esta línea separaba el nuevo reino de Grecia de los irredentos parajes que políticamente pertenecían  aún al Imperio otomano, y se prolongaba desde el golfo de  Ambracia hasta el golfo de Volos. Las guerras balcánicas  y la Primera Guerra Mundial hicieron avanzar las fronteras griegas. Se produjeron dos grandes saltos en dirección  norte y se duplicó la extensión del país; pero en boca de los  griegos modernos Roumeli sigue limitada a aquella zona  entre el golfo y la antigua frontera. Con ciertas reservas,  de modo algo arbitrario y también algo autoritario, quizá  seducido por la rareza y la belleza del nombre—el acento  cae sobre la primera sílaba, haciendo de Roumeli un dactílico—, he regresado a esta temprana y holgada denominación para dar cobijo a mis vagabundeos. El uso de este  término obsoleto y flexible me exonera de hallar su estricto equivalente moderno, y al mismo tiempo otorga una ilusoria apariencia de unidad a estos viajes hechos al azar. Y, lo que es mejor, el propio trisílabo está lleno de ecos y alusiones, soterrados significados profundamente vinculados al tema principal del libro. 
Grecia está cambiando con rapidez, y la mayoría de lo  que se escriba sobre ella estará en cierto modo pasado de  moda el día en que vea la luz. La transcripción de estos viajes, emprendidos hace algunos años, y todos ellos motivados por abstrusas razones personales, conformaría una guía engañosa. Los cómodos coches cama han reemplazado a los destartalados autocares rurales, carreteras estupendas se abren camino atravesando el corazón de remotos pueblos y los hoteles brotan por doquier. Monasterios y templos a los que hasta hace bien poco sólo se podía acceder mediante solitarios y empinados ascensos, ahora sirven de dramático escenario para breves escalas técnicas de viajes multitudinarios altamente indoloros y sofisticados. Es la primera vez, desde Juliano el Apóstata, que el humo de los vehículos envuelve sus columnas, y el viajero necesita retirarse hacia las recónditas tierras del interior si quiere que su oído permanezca fuera del alcance de los transistores. Para muchos, todo esto es una fuente de beneficios materiales necesarios y, por supuesto, motivo de alegría. Y el ocasional griego o extranjero que disienta siempre puede retirarse, con paso majestuoso y petulante, a regiones más salvajes alejadas de los caminos trillados.

Patrick Leigh Fermor: Roumeli. Viajes por el norte de Grecia (Acantilado)

Τετάρτη 30 Ιανουαρίου 2013

ΠΡΙΓΚΙΠΙΣΣΕΣ ΤΗΣ ΜΕΣΟΓΕΙΟΥ ΣΤΗΝ ΑΥΓΗ ΤΗΣ ΙΣΤΟΡΙΑΣ


Se ha inaugurado en el Museo de Arte Cicládico de Atenas la exposición “Princesas del Mediterráneo en el alba de la Historia”, una exposición que, por primera vez en Grecia, resalta la importancia de las mujeres en distintas sociedades de la Edad del Hierro. 
La exposición presenta 24 ejemplos de princesas de Grecia, Chipre, Italia meridional y Etruria, que vivieron entre los siglos X y V antes de Cristo, es decir en el último período de la Prehistoria y ¡más de 500 artefactos!Pero, ¡no piensen que esas princesas eran todas...princesas o personajes mitológicos! El término se utiliza en un sentido más amplio para referirse a mujeres eminentes en sus comunidades por varias razones como, por ejemplo, su linaje. En realidad, se trata de personas reales, hijas de reyes, pero también sacerdotisas, hasta pitonisas y brujas. Todas eran mujeres de prestigio en sus sociedades. 
Los tesoros de arte antiguo, que están comprendidos en la exhibición y en su mayoría proceden de tumbas, muestran de manera muy clara el papel que jugaban las mujeres en el desarrollo de la antigua cultura mediterránea y reflejan el mundo de arte, riqueza y gloria de esas princesas que vivieron en el alba de la historia. 
Entre las piezas arqueológicas, hay vasijas y utensilios de cobre, joyas, cinturones, estatuillas de cobre, terracotta y marfil, jarrones de vidrio, hasta pequeñas cucharas usadas para extender productos cosméticos.
La Señora de Lefkafi (Eubea), la ateniense rica encontrada en el Ágora de Atenas, la famosa reina de Sirolo-Numana (Piceno), entierros de Verucchio y Basilicata en Italia, la Sacerdotisa de Sindos (cerca de Tesalónica), son los ejemplos más destacantes de esta exposición que les va a deslumbrar con la riqueza de sus objetos.

 

Fuente: panoramagriego.gr

Παρασκευή 25 Ιανουαρίου 2013

ΒΑΛΚΑΝΙΚΟΙ ΠΟΛΕΜΟΙ 1912-1913. Η ΑΥΓΗ ΤΟΥ ΕΛΛΗΝΙΚΟΥ 20ου ΑΙΩΝΑ


Guerras Balcánicas 1912-1913 : El comienzo del siglo XX griego
La exposición presenta fotografías raras, material de archivo relativo y recuerdos históricos, que aspiran a poner de manifiesto la guerra de los griegos y de Grecia en 1912-1913, destacando especialmente los esfuerzos patrióticos junto a la agonía que estos conllevaban. 
A través de material inédito relativo a los voluntarios caídos en las guerras de 1912-1922, se dibuja el mapa del delicado concepto de la entrega y el sacrificio en la guerra. 
Al mismo tiempo, una unidad específica de la exposición se dedica a presentar la ciudad de Salónica durante las Guerras Balcánicas.
Museo Benaki
12/12/2012 - 10/02/2013


Κυριακή 20 Ιανουαρίου 2013

ΙΦΙΓΕΝΕΙΑ. ΜΙΑ ΤΑΙΝΙΑ ΤΟΥ ΜΙΧΑΛΗ ΚΑΚΟΓΙΑΝΝΗ


En 1977, de vueltas a suelo griego y finalizado el éxodo forzoso de los intelectuales que resultaban incómodos al régimen dictatorial por sus ideales más o menos comunistas, como era el caso de Mikis Theodorakis, se pudo rodar por fin, con cierto margen de presupuesto, la “Ifigenia”. Cacoyannis volvió a requerir la colaboración de este compositor para crear la banda sonora y Theodorakis lo hizo con sumo gusto. Es más, ha confesado que es el trabajo que más le gusta de todos los que ha realizado para el cine. A Irene le reservó uno de los mejores papeles de su carrera cinematográfica, el de la sufriente y, al final, dolida Clitemnestra. Para encarnar a la inocente Ifigenia buscó una adolescente (Tatiana Papamosju) que no tenía experiencia previa ni en cine ni en teatro y trabajó mucho con ella para lograr conseguir que de ella misma salieran las dos caras tan diferentes del personaje, ingenua y alegre al comienzo de la cinta, valiente y heroica al final, dejando al resto de los personajes a la altura de sus sandalias. Una vez más vemos aquí el sello de Cacoyannis en los enfoques, la cámara al hombro y los movimientos vertiginosos cuando se requieren, los tiempos lentos y los silencios, los planos de tres actores en disposición geométrica, las intervenciones del coro de mujeres, y, como no podía ser de otro modo, su broche final con una interpretación de las dos actrices protagonistas que logra conmover a las piedras. También en esta ocasión se seleccionó la obra de Cacoyannis para que compitiese al Oscar a la mejor película de idioma extranjero y las malas lenguas aseguraron que no ganó a falta de sólo un voto. Sin embargo sí obtuvo premios y distinciones tanto en el Festival de Cine de Tesalónica como en diferentes festivales de cine europeos. 
Cacoyannis confesó estar orgulloso de su trilogía inspirada en Eurípides y bien podía estarlo, porque los que nos dedicamos a estudiar los textos clásicos, así como las versiones fílmicas que tienen alguna utilidad didáctica para acercarnos a éstos, podemos asegurar sin ningún temor a equivocarnos que no hay ejemplos mayores en la historia del cine de cómo la literatura griega puede seguir viva en nuestros días. Esta es la mayor herencia que nos ha podido dejar Michael Cacoyannis. Y, aunque sea en versión original o con subtítulos en inglés (hasta que alguien se dé cuenta de lo rentable que podría resultar su distribución en el mercado español), merece la pena ver estas tres grandes películas y, de paso, releer las tragedias que en su día escribió Eurípides. 

Alejandro Valverde García (metakinema.es) 


Τρίτη 15 Ιανουαρίου 2013

ΤΡΩΑΔΕΣ. ΜΙΑ ΤΑΙΝΙΑ ΤΟΥ ΜΙΧΑΛΗ ΚΑΚΟΓΙΑΝΝΗ


Casi diez años tardó en rodarse la segunda parte de esta trilogía, pero aquí se debía a problemas económicos y políticos muy serios. De hecho, parte del equipo de “Electra” tuvo que abandonar Grecia en 1967 debido a la dictadura de los coroneles. Así que, con este telón de fondo, Cacoyannis se traslada, en su búsqueda de exteriores, hasta llegar a nuestra Sigüenza (Guadalajara) y allí monta sus ruinas troyanas a la española. El papel principal, el de la reina Hécuba, se lo ofrece a su gran amiga Katharine Hepburn, el de Andrómaca a Vanessa Redgrave y el de la demente Casandra a Geneviève Bujold. A Irene le reservó el rol de Helena, a pesar de que en un principio ella contaba con hacer la Andrómaca, mucho más apetecible por su gran carga dramática. Y Cacoyannis no se equivocó tampoco esta vez. Basta con ver qué Helena pretendía mostrar al público: por un lado atractiva y seductora, pero, por otro lado, tremendamente soberbia y desvergonzada, falsa hasta la médula, odiada por todas las troyanas y deseada por todos los griegos. El debate casi judicial entre Helena y Hécuba al final de la película vuelve a funcionar, permitiéndole a la Hepburn y a la Papas demostrar su talento. El cruce de miradas asesinas que se echan la una a la otra es también parte de la interpretación, porque ambas se profesaban una profunda admiración. El resultado de esta nueva incursión en las tragedias de Eurípides fue una película digna, con actuaciones memorables por parte de las cuatro actrices principales, que transmite perfectamente el abatimiento, la angustia, la impotencia y la desolación de todo conflicto armado. No logró el éxito de taquilla de “Electra”, pero tampoco a Eurípides lo aclamaron cuando se atrevió a representarla. Todo lo contrario: el abucheo que le tributaron en Atenas debió ser mayúsculo. 

Alejandro Valverde García (metakinema.es)



Πέμπτη 10 Ιανουαρίου 2013

ΗΛΕΚΤΡΑ. ΜΙΑ ΤΑΙΝΙΑ ΤΟΥ ΜΙΧΑΛΗ ΚΑΚΟΓΙΑΝΝΗ

Mijalis Kakoyiannis (luego Michael Cacoyannis) había nacido el año 1922 en Lemessó (Chipre), donde hoy en día un centro escolar lleva su nombre a mucha honra. Hijo de abogado, no tuvo muchas opciones a la hora de escoger su futuro. Pero la carrera de Derecho no le estimulaba lo más mínimo, a pesar de poder permitirse el lujo de estudiar en Londres. Lo que le gustaba desde pequeño era leer historias que le trasladaban a épocas y lugares diferentes, ver películas al aire libre en el cine de barrio y crear sus propias obras para representarlas ante el primero al que pillase a mano. Por eso no tiene nada de sorprendente que terminase acercándose por los camerinos del ilustre Old Vic y que intentase buscar la mejor forma de canalizar su verdadera vocación a través primero de la interpretación (consiguió incluso el papel protagonista del “Calígula” de Camus) y, finalmente, de la dirección de actores. A su regreso a Grecia, en 1953, fue metiéndose en el mundo del cine y filmó un número considerable de películas de muy alta calidad, contratando como protagonistas a las mejores actrices del momento, ya fuera una estrella ya consagrada del teatro helénico, caso de Elli Lambetti, su protagonista de “La muchacha de negro” (1956), ya se tratase de un rostro nuevo, como ocurrió con Melina Mercuri, a quien dio la oportunidad de debutar en la gran pantalla con la excepcional “Stella” (1955), que causó verdadero furor y llegó al público internacional gracias a su presentación en el Festival de Cannes. 
Un buen día llegó a sus manos casualmente la obra de un autor trágico del s. IV a. JC., Eurípides. Éste había llevado al teatro unos textos insultantes, políticamente incorrectos, y muy novedosos, tanto por su técnica dramática y musical, como por el tratamiento de los personajes femeninos, de una profundidad psicológica abrumadora. Basta con leer o ver representada una de estas obras para reconocer que son verdaderos alegatos antibelicistas, y esto a Cacoyannis le entusiasmó. Hasta tal punto se vio reflejado e identificado con el autor antiguo que ya no pudo quitarse de su inquieta y fluctuante mente un ambicioso proyecto: llevar al cine una trilogía basándose en las tragedias Ifigenia en Áulide, Electra y Las troyanas. Y, con el tiempo, no sólo las adaptó creando su guión cinematográfico, sino que se recorrió medio mundo montando sus propias versiones teatrales e incluso colaborando en adaptaciones operísticas. En este apasionante y a veces obsesivo viaje siempre estuvo acompañado por Irene Papas, la actriz que, según él, mejor sabía transmitir lo que Eurípides pretendía denunciar a los atenienses de la Época Clásica. A los dos les unía, además de la nacionalidad (que, para un griego, ya es mucho), la traumatizante experiencia de una segunda guerra mundial y otra guerra civil entre hermanos, y un amor pasional y visceral tanto por el arte, en sus diversas manifestaciones, como por el ser humano. Ambos se declaraban profundamente maniáticos, de carácter inseguro, unas veces volcanes en erupción, llenos de ganas y capacidad de trabajo creativo, y otras veces apagados, poco comunicativos y con ganas de desaparecer del mapa. Cuando se unen sus genialidades el fruto es impresionante. Y para eso nos basta ver “Electra” (1962), que, gracias a todos los dioses del Olimpo, se reeditó en Grecia en 2006. 
La trilogía trágica de Cacoyannis asombra por el realismo con el que está concebida y representada la acción dramática. Ése es el verdadero sello del director. En las tres destacan las interpretaciones magníficas de las actrices, las bandas sonoras de Mikis Theodorakis y una austeridad y estilización máxima tanto en vestuario como en decorados, preferentemente exteriores reales. El tema fundamental es la denuncia de la violencia en todos los ámbitos posibles, desde el doméstico o familiar (“Electra” e “Ifigenia”) hasta el público, donde siempre prevalecen los intereses políticos y, sobre todo, comerciales (“Las troyanas” y también “Ifigenia”). 



La primera adaptación que Cacoyannis pretendió rodar fue la de “Ifigenia”, que, cronológicamente es la primera, ya que narra los preparativos de la expedición militar de los reyes hermanos Agamenón y Menelao contra Troya para recuperar a la pérfida Helena, mujer del segundo, que ha sido supuestamente raptada por Paris. El problema es que la diosa Ártemis se ha enfadado y no va a haber vientos propicios hasta que Agamenón sacrifique a su hija primogénita en la costa de Áulide. Así termina haciéndolo y su mujer, Clitemnestra, promete vengar este homicidio. Luego vendría la acción de “Las troyanas”, en la que, una vez acabada la guerra de Troya, Eurípides se pone del lado de los vencidos, lo cual sonaría en las gradas del teatro de Atenas poco menos que a insulto contra el orgullo nacional. Aquí las protagonistas son claramente las mujeres troyanas. La reina Hécuba tendrá que servir como esclava a partir de ahora al astuto Ulises; a su hija Casandra, sacerdotisa del dios Apolo, se la llevará Agamenón para que se ocupe de las tareas domésticas en su palacio de Micenas, incluido el lecho; por su parte, Andrómaca, viuda del gran Héctor, no sólo será esclava del hijo del asesino de su marido sino que, además, le arrebatan a su propio hijo y lo tiran desde las murallas de la humeante ciudad para que no quede ningún descendiente troyano de sangre real capaz de resucitarla algún día de las cenizas. En tercer y último lugar vendría “Electra”, donde vemos a Clitemnestra esperando ansiosa la llegada de su marido Agamenón para devolverle el favor y cargárselo con ayuda de su amante Egisto. Por su parte, como mala madre, expulsa del palacio a sus hijos, los pequeños Orestes y Electra, los cuales, ya creciditos, se encargarán de vengar la muerte de su padre asesinando primero a Egisto y, a continuación, a su propia madre. Ahí quedaría cerrado el ciclo de odio y venganza que el director quería desarrollar, dándole a su trilogía una unidad temática consistente. Pero, viendo que no era el momento más adecuado de empezar por la comprometida “Ifigenia”, el proyecto se aplazó y Cacoyannis empezó a escribir el guión de “Electra”.
Según algunos de los filólogos clásicos más prestigiosos del momento, el nuevo texto de la película –lógicamente en griego moderno- no tenía nada que envidiar al original de Eurípides y, según los críticos de cine, Cacoyannis había conseguido crear una verdadera obra de arte usando magistralmente todos los mecanismos necesarios para traducir el lenguaje verbal al lenguaje cinematográfico. El resultado fue que los espectadores salían de las salas de proyección impresionados y la película resultó premiada en prácticamente todos los festivales internacionales de cine más importantes aquel año. Hay que tener en cuenta, además, que el público estaba un poco cansado a esas alturas de tanto “peplum”, que lo único que hacía era desfigurar de tal modo los antiguos mitos griegos que cualquier parecido con la realidad era pura coincidencia. En “Electra” el efecto de catarsis del antiguo drama ático permanecía latente. Incluso en el trabajo del equipo de rodaje. En concreto, Irene se implicó no sólo en la interpretación de una Electra completamente creíble, bordando escenas como la del enfrentamiento cara a cara entre madre (Aleka Katseli) e hija, sino que a diario revisaba cada plano que se filmaba y daba a Cacoyannis su propia opinión sobre el montaje definitivo. Esto le costó el que enfermase al finalizar la empresa.

Alejandro Valverde García (metakinema.es)
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