Παρασκευή, 31 Αυγούστου 2012

ΤΑ ΦΩΤΑ ΣΒΗΝΟΥΝ ΣΤΗΝ ΑΘΗΝΑ

Las luces se apagan en Atenas
En su último ensayo, una recopilación de artículos publicados entre 2009 y 2012, el escritor griego ofrece un desolador retrato de su país inmerso en la ruina y el desánimo

Petros Márkaris (elpais.com, 27-8-2012)
En Grecia, además de nuestro Parlamento con sus siete partidos políticos, existe un sistema no parlamentario que forman cuatro partidos: son los cuatro pedazos en los que se ha quedado dividida nuestra sociedad después de 18 meses de crisis económica. El creciente agravamiento de la crisis y la lucha diaria por la supervivencia no han logrado acortar las distancias entre estas partes. Muy al contrario, la brecha que las separa es cada vez mayor. Y, aunque se crean coaliciones entre ellas, hay también guerra en las trincheras.
» En primer lugar, encontramos el 'partido de los beneficiarios', al que pertenecen todos esos empresarios que se han beneficiado del mercantilismo político durante los últimos treinta años, especialmente las empresas de construcción. Éstas vivieron su apogeo en el preludio de los Juegos Olímpicos de 2004, cuando se aprovecharon de un Estado que se veía obligado a pagar a un precio inusitado cualquier encargo urbanístico. También pertenecen al partido de los beneficiarios las empresas que abastecían a los servicios públicos, por ejemplo, aquellas que suministraban productos farmacéuticos y equipos médicos a los hospitales estatales. Hasta hace muy poco tiempo los griegos no eran conscientes del volumen de dinero que se ha despilfarrado en este sentido. Hasta ahora eran los hospitales los encargados de comprar las medicinas y los equipos médicos. Ahora el Ministerio de Sanidad ha establecido que la adquisición de productos se realice a través de Internet y ha puesto a disposición de las instituciones 9.937.480 euros, una suma que se adecua al volumen de gasto que se había venido generando hasta el momento. Sin embargo, esta operación ha revelado que el precio real de los medicamentos solo asciende a 616.505 euros, es decir, un 6,2% de la cantidad que se había invertido anteriormente. Sin las nuevas medidas de contención del gasto todo habría continuado como antes, puesto que precisamente estos beneficiarios, las empresas de construcción y los proveedores de las clínicas, formaban una coalición con el partido del Gobierno y con sus ministros que no funcionaba nada mal.
Todos en el aparato del Estado sabían de la existencia de estos contactos y del coste que suponían para la sociedad, pero todos callaban. No solo porque los partidos se embolsaban así enormes donativos, sino porque estos sectores corruptos financiaban campañas electorales a los diputados, quienes a su vez se aseguraban buenos puestos de trabajo para sus familiares.
Al partido de los beneficiarios también se le podría denominar partido de los defraudadores, pues todos ellos lo son sin excepción, especialmente los trabajadores autónomos con ingresos elevados, como médicos o abogados. Cuando un griego va a la consulta de un médico, éste le informa: “La visita son 80 euros, si quiere factura, entonces serán 110”. Y así, la mayoría de los pacientes renuncian a la factura y se ahorran treinta euros. Debido al acuerdo entre estos profesionales y el partido del Gobierno, las autoridades callan y hacen la vista gorda.
Mientras tanto, el conjunto de los ciudadanos sin recursos no deja de crecer. Muchos de ellos no pueden ni siquiera costearse sus medicamentos. ¿Qué hacen entonces? Recurren a la organización Médicos sin Fronteras, que proporciona de forma gratuita algunas medicinas. Las dos clínicas de Médicos sin Fronteras que existen en Atenas están pensadas para asistir a inmigrantes sin recursos, que llegan a Grecia desde África en barcas de remos. Pero cada vez son más los griegos que piden ayuda. Algunos días hay casi mil personas haciendo cola en Médicos sin Fronteras.
Entre ellos, por ejemplo, diabéticos que ya no pueden permitirse comprar insulina. La miseria de los inmigrantes se extiende a los griegos. Hasta hace apenas medio año, cuando me asomaba a la calle desde el balcón de mi casa, veía a inmigrantes que revolvían entre los cubos de basura, en busca de algo para comer. En las últimas semanas, se han unido a ellos cada vez más griegos. No quieren revelar su miseria, por eso hacen su ronda a primera hora de la mañana, cuando las calles están casi desiertas.
Está claro que los beneficiarios y los defraudadores no tienen tales preocupaciones. Apenas sienten que el país está en crisis. Antes de que Grecia entrase en esta situación, ya habían trasladado su dinero al extranjero. Mientras que los bancos griegos han perdido en los últimos 18 meses alrededor de 6.000 millones de euros, los bancos extranjeros —especialmente los suizos— se frotan las manos.
Y también son los beneficiarios quienes, en evidente sintonía con el Partido Comunista, abogan por el retorno del dracma. Cuentan con multiplicar su riqueza y poder así comprar, con toda tranquilidad, una importante parte del patrimonio del Estado, que —ya sea con euros o con dracmas— deberá ser privatizado forzosamente, pues el Estado carece de recursos.
Una tercera —y fatal— coalición la forman el Gobierno griego y los agricultores, que también son a su vez miembros del partido de los beneficiarios. Desde la entrada de Grecia en la Comunidad Económica Europea (CEE) en el año 1981 todos los gobiernos griegos se han quejado del destino de sus “pobres campesinos” y han proclamado que éstos merecían una vida mejor. Hace tiempo que estos agricultores se han asegurado una vida mucho mejor, gracias a las subvenciones agrícolas de la Unión Europea.Dichas subvenciones se repartían de forma arbitraria, sin revisar y sin comprobar si los subsidios solicitados se correspondían con la producción real. Los agricultores enterraban sus productos, proporcionaban cifras falsas y se llevaban el dinero. Además, el Banco Agrícola Griego les otorgaba generosos créditos que, a día de hoy, todavía no han sido devueltos.
Mientras, en el Gobierno, los amigos de los agricultores no ejercían presión alguna, porque los votos del campo eran muy valiosos. En la actualidad el Banco Agrícola está en quiebra y estos campesinos se pasean por su pueblo en sus Jeep Cherokee.
» El segundo de los cuatro partidos en los que Grecia se divide en la actualidad podría denominarse el partido de los honrados, aunque yo prefiero llamarlo el partido de los mártires. A este partido pertenecen los dueños de pequeñas y medianas empresas, sus trabajadores y los pequeños autónomos, por ejemplo los taxistas o los técnicos. Ellos rebaten la opinión, tan extendida en Europa, de que los griegos son unos comodones y se zafan del trabajo. Trabajan duro y pagan religiosamente sus impuestos. Sin embargo, aunque el partido de los mártires es el mayor de los grupos no parlamentarios, no es lo suficientemente fuerte para aliarse con nadie. Por eso lo explotan por todas partes. Son los que mayores sacrificios realizan a causa de la crisis, por eso me gusta llamarlos mártires.
El mayor golpe para la pequeña y mediana empresa es la recesión. El desolador paisaje de las tiendas o negocios vacíos comienza a ser un elemento común en todos los barrios de Atenas, incluso en las zonas comerciales más elegantes. Por ejemplo, la calle Patission. La Patission, como la llaman los atenienses, es la más antigua de las tres calles en las que se divide el centro de la capital y se considera el bulevar de la clase media. Como vivo por esa zona, conozco muy bien la calle. La Patission estaba siempre muy mal iluminada, pero no importaba porque los escaparates brillaban con luz propia. Estos días, por la noche la calle está oscura como boca de lobo: uno de cada dos comercios ha cerrado y los que todavía siguen abiertos, intentan sobrevivir a golpe de ofertas especiales.
En la calle Aiolous, una vía también situada en el centro y que siempre había constituido un destino comercial para aquellos con menos ingresos, la situación es aún más terrible. Quedan todavía algunas tiendas, pero están vacías, los clientes no acuden a comprar. Así que la calle Aiolous se ha convertido en una zona peatonal sin peatones. “¿Cuánto tiempo podré aguantar?”, me preguntaba la dueña de una pequeña tienda de ropa de caballero en la que entré a comprar calcetines. “Pueden pasar días hasta que aparece un cliente”. En los últimos tiempos, uno vacila mucho antes de entrar en un comercio, porque, tan pronto como se ha cruzado el umbral, el dueño o los dependientes le bombardean a uno con lúgubres noticias.
La dueña de la tienda de ropa de caballero no aguantó mucho: cuando el sábado pasado regresé a la calle Aiolous, su negocio también había cerrado. Una amiga de mi hermana trabaja en una pequeña empresa especializada en la construcción de viviendas. Es la única empleada: el dueño se ha visto obligado a despedir al resto del personal. ¿Quién quiere construir casas cuando por todas partes hay viviendas en venta que tampoco compra nadie? Hace siete meses que la amiga de mi hermana no cobra su sueldo, sin embargo, está feliz porque, al menos, conserva su puesto de trabajo.
Lo peor para los miembros del partido de los mártires es el desánimo. Han perdido la esperanza. Para ellos, tras la crisis no se esconde perspectiva alguna de alcanzar un futuro mejor. Cuando uno habla con ellos, no es posible dejar de pensar que solo están esperando a que llegue el final. Cuando una gran parte de la sociedad no logra reunir el optimismo necesario, significa que la vida es en verdad agobiante. En muchos de los bloques de viviendas en los que viven ciudadanos con ingresos escasos o moderados ya no se enciende la calefacción. Las familias carecen de dinero para gasóleo, o prefieren utilizarlo para otras cosas. Yo no conduzco. Tengo un taxista que me lleva o me recoge del aeropuerto. Su nombre es Thodoros, no está casado y vive solo. (...) “Mire yo pago por el alquiler de este taxi 350 euros a la semana. Trabajo los siete días, pero solo me llega para pagar el alquiler. Muchas veces tengo que poner yo mismo dinero”.
A los griegos les gusta ir en taxi, porque es muy barato. Por 3,20 euros se puede llegar a cualquier lugar en el centro de Atenas y una carrera un poco más larga nunca cuesta más de seis euros. Hasta hace medio año, en las horas centrales del día era casi imposible encontrar un taxi libre. Ahora por todas partes es posible ver largas colas de taxis a la espera de clientes, no solo al mediodía, sino también por la noche y durante el fin de semana. Y esto no es lo peor.
La recesión no es la única preocupación de los mártires. A pesar de que sus negocios ya no rinden, están obligados a pagar sus tributos por partida triple: primero, el Impuesto sobre la Renta, después diferentes impuestos adicionales y, por último, un complemento de solidaridad. Un impuesto este, el de solidaridad, que el año próximo deberán abonar en dos ocasiones, mientras que otro impuesto indirecto, el IVA, se incrementó dos veces durante el año pasado. Mientras que los defraudadores no pagan nada o casi nada de estos impuestos adicionales o del complemento de solidaridad, porque muchos no presentan la declaración de Hacienda o disfrazan una gran parte de sus ingresos, los ciudadanos honrados no pueden casi ni respirar.
Al grupo de los mártires pertenecen también los empleados y los trabajadores en paro del sector privado. En la actualidad, son muy pocos los trabajadores griegos a los que se les paga puntualmente su sueldo. La mayoría lo cobra en pequeñas cantidades y con un retraso de varios meses. Y todos pasan grandes dificultades y, sobre todo, viven angustiados, con el temor de que la empresa donde trabajan se vaya a pique de un día para otro.
La contención del consumo y la falta de créditos ha frenado el crecimiento económico del país y, por este motivo, son muchas las pequeñas empresas que se hunden estos días. Desaparecen, pero no se llevan consigo las numerosas deudas contraídas. Mi cuñado, representante de moda infantil, me contaba entristecido que solo la pasada semana había vivido tres casos semejantes. Es desesperante. Ahora, delante de las oficinas de empleo, se ven largas colas de parados que cada mes aguardan pacientemente la orden de pago con la que el banco debe transferirles su subsidio. Sin embargo, nunca pueden tener la certeza de que el pago llegue a principios de mes. A veces, tienen que esperar algo más para cobrar sus 416,50 euros, pues el número de parados no deja de crecer y a las oficinas de empleo se les termina el dinero.
Tras el colapso del aparato estatal y, sobre todo, del sistema fiscal, el Ministerio de Hacienda tuvo la brillante idea de cobrar impuestos a través de la factura de la luz. A quien no paga sus impuestos, se le corta la luz. He visto imágenes en la televisión griega de personas mayores que hacían cola en las oficinas de la compañía eléctrica para pagar el primer tramo de sus impuestos. Me entraban ganas de llorar. “El primer tramo asciende a 250 euros”, decía un hombre de unos sesenta y tantos años a la cámara. “A mí me dan una pensión de 400 euros, ¿cómo voy a vivir durante todo un mes con los restantes 150?”.
En ese momento, recordé mi regreso a Grecia en los años sesenta. Entonces me recibió una de las más curiosas estampas que uno pueda imaginar: de los tejados de alquitrán de muchas de las casas de una planta que poblaban los barrios obreros sobresalían llamativas varas de hierro. Eran horribles, pero representaban una promesa: el sueño de la segunda planta. El sueño del apartamento para el hijo o la hija en el piso de arriba. Durante toda su vida esa gente había ahorrado dinero para hacer realidad ese sueño, sacrificando cada céntimo. Y ahora se lo están quitando. Un sistema político en ruinas basado en su nepotismo tóxico y su falsa riqueza ha destrozado la dignidad de un pueblo.
» Otro partido es el partido de los Moloch, cuyos miembros han sido reclutados entre las filas del aparato estatal griego y sus empresas. El partido se divide en dos grupos. Al primero de ellos pertenecen los funcionarios y los empleados de los servicios públicos y las empresas estatales. En el segundo grupo se encuentran los sindicatos. El partido de los Moloch es el brazo no parlamentario del gobierno y el garante del sistema mercantil, pues está compuesto principalmente por cuadros y funcionarios del partido. (...)
El sistema tiene una historia muy larga, que se remonta al final de la guerra civil, en los años cincuenta. Fue entonces cuando los nacionalistas, ganadores en la contienda, llenaron la Administración de compañeros de trinchera y fieles correligionarios. Era el premio por su lealtad a los ideales nacionalistas.
Después, en 1981 —poco después de la entrada de Grecia en la CEE— llegó al poder el primer gobierno del partido socialista, el Pasok. (...) Según este partido, tras el largo dominio de los partidos de derechas, el aparato estatal estaba condicionado para rechazar las fuerzas liberales y resultaba imposible gobernar si su gente de confianza no ocupaba los puestos clave en la Administración. Sin embargo, no se conformaron solo con los puestos clave, y muy pronto todo el aparato estaba en manos de miembros del Pasok y sus contactos. Casi uno de cada dos militantes del partido obtuvo durante estos años un puesto en la Administración.
Desde entonces, todos los gobiernos han comulgado con esta política de enchufes, hasta los primeros meses de la crisis. Hasta entonces había suficiente dinero, gracias a las subvenciones de la CEE y más tarde de la Unión Europea. Cuando el dinero escaseaba, se cubrían los agujeros a golpe de crédito.
La mayoría de los miembros del partido en la Administración no trabajan o hacen solo lo indispensable. Una amiga, ingeniera en un organismo estatal, me contaba su experiencia: hace un año llegó un nuevo compañero a la oficina. El primer día anunció: “Queridos compañeros y compañeras, he olvidado todo lo que aprendí en la universidad”. No trabajó ni un solo día y aquello no pareció contrariar a ningún superior.
Pero el partido de los Moloch está dividido. Una parte se sentiría mucho más cómoda en el partido de los mártires. Se trata de esos funcionarios que no accedieron a sus puestos a través de contactos en el partido, sino que tuvieron que realizar una oposición. Son los únicos funcionarios que trabajan de verdad, en ocasiones llevando la carga de dos o tres compañeros que son miembros del partido. Son las víctimas del sistema. (...)
» El cuarto y último partido de la sociedad griega es el que más me preocupa. Es el partido de los desesperanzados: los jóvenes griegos, sentados todo el día frente al ordenador, buscando en internet, desesperados, un trabajo, sea donde sea. No son emigrantes como sus abuelos, que en los años sesenta llegaron a Alemania desde Macedonia y Tracia para buscar trabajo. Estos jóvenes han ido a la universidad, algunos incluso tienen un doctorado. Sin embargo, cuando terminan la carrera se van directos al paro. (...)
Ya sea a causa de la recesión, de las medidas de contención del gasto, del recorte de la deuda o de las reformas, el caso es que vamos a sacrificar a tres generaciones en nombre de la crisis. Hoy son los jóvenes los que más pierden; mañana lo seremos nosotros, porque en algunos años nos faltarán las fuerzas para seguir luchando. (...)
Las generaciones nacidas después de 1981 no han crecido en una época de verdadera miseria, sino de falsa riqueza y les entra un ataque de pánico cuando tan solo se insinúa la palabra “renuncia”. La pobreza les resulta tan ajena como el desierto.

"La espada de Damocles" se publica en septiembre en español y está editado por Tusquets.

Κυριακή, 26 Αυγούστου 2012

ΕΛΛΗΝΙΚΗ ΑΣΤΥΝΟΜΙΚΗ ΛΟΓΟΤΕΧΝΙΑ 7. ΛΗΞΙΠΡΟΘΕΣΜΑ ΔΑΝΕΙΑ

Capítulo 1
Estoy que me subo por las paredes. A las seis y media de la tarde tenemos que estar en la iglesia. Ya son las seis y cuarto y Adrianí sigue encerrada en nuestro dormitorio con Katerina, dándole los últimos «retoques» al vestido de novia de ésta.
Ahora bien, qué arreglos de última hora puede necesitar un vestido que nos costó una fortuna, es algo que no alcanzo a entender.
—¡Fanis se hartará y se irá! —rujo desde la sala de estar.
Como si gritara en el desierto. Vuelvo a caminar de un lado a otro embutido en mi uniforme de gala, sólo que, en lugar de desfilar en la plaza Sintagma, lo hago en mi salón, contando los minutos que faltan para la ceremonia nupcial mientras intento matar el tiempo y, de paso, calmar un poco mi crispación. Para colmo, el uniforme me aprieta como un corsé, ya que me lo pongo en contadas ocasiones.
Estoy convencido de que se retrasan a propósito, para seguir la tradición según la cual la novia siempre hace esperar al novio en la puerta de la iglesia. Y como Katerina no tiene ni idea de esas artimañas, Adrianí ha ido llevándola a su terreno sin que ella se dé cuenta. Hablo por experiencia, porque me hizo lo mismo el día de nuestra boda. Poco me faltó para decirle al sacerdote: «Vayamos empezando, padre, que ya llegará la novia en cualquier momento».
La puerta del dormitorio se abre a las seis y media en punto, es decir, a la hora en que debíamos estar en la iglesia. Katerina lleva el mismo vestido y el mismo velo, y Adrianí, el mismo traje de chaqueta azul con blusa blanca; es decir, que a simple vista no se aprecian «retoques» ni remiendo alguno.
—¿Os dais cuenta de que deberíamos estar ya en la iglesia? —pregunto furioso.
—Calma, calma. Llegaremos a tiempo —me tranquiliza Adrianí—. Todas las bodas empiezan con retraso.
Delante de la puerta nos espera el Seat Ibiza, listo y engalanado para llevar a la novia. Hace cuatro meses que lo tengo, pero aún me sorprende verlo en lugar del Mirafiori, que fue sacrificado para la boda de mi hija. Una noche, mientras veíamos la televisión, de repente a Adrianí se le ocurrió que debíamos alquilar un taxi emperifollado para llevar a Katerina al altar.
—¿Para qué queremos un taxi? —pregunté, ingenuo de mí—. Iremos en mi coche.
—¿Pretendes llevar a nuestra hija a la iglesia en esa chatarra? —clamó Adrianí—. Y vale, dejando aparte a tu hija, ¿no te da vergüenza aparecer así ante tus colegas? ¿Acaso queda en Grecia algún policía que no tenga, como mínimo, un Hyundai?
No quedaba ninguno. Unos tenían un Hyundai; otros, un Toyota o un Suzuki; algunos, un Opel Corsa. Mi Mirafiori era el único en todo el cuerpo policial. Mis colegas lo llamaban con ironía «password»: así como no se puede poner en marcha un programa en el ordenador sin dar el «password», tampoco se podía arrancar el Mirafiori sin Jaritos.
Adrianí interpretó correctamente mi callado asentimiento y siguió atacando:
—A veces no te entiendo, Kostas. Se te cae la baba cuando hablas de tu hija. Y ahora que se casa, ¿no merece ella un «plan Renove»? ¿Tan enganchado estás al Mirafiori de marras?
Tenía razón, estaba enganchado. El Mirafiori era carne de mi carne, imposible retirarlo de la circulación. Adrianí, sin embargo, no pensaba ceder.
—Antes iré a la boda en un camión que en el Mirafiori, te lo advierto.
Katerina quiso ofrecer una solución conciliadora, como de costumbre, y propuso ir a la iglesia en el coche de Fanis.
—¿Y quién conducirá? —quiso saber Adrianí.
—Pues Fanis.
—A la novia la lleva a la iglesia su padre, hija mía, no el novio. El padre entrega la novia a su futuro marido; éste no se la trae de casa.
Al final, me convencí de que el Mirafiori tenía ya cuarenta años y que morir de viejo no era lo peor que podía pasarle.
Si con esa decisión se acabaron, o al menos menguaron, mis tormentos psicológicos, mis suplicios como comprador no hicieron más que empezar. No sabía qué coche comprarme. Cuando no sabes, preguntas. Y cuando preguntas, acabas haciéndote un lío.
—Señor comisario, no le dé vueltas. Cómprese un Hyundai —me aconsejó Dermitzakis—. Es la marca que ofrece una mejor relación calidad-precio. Además, la mitad de los policías conduce un Hyundai y nos hacen descuento en los concesionarios.
—No hagas ni caso, ¿eh?, pero ni caso a los que te hablen de coches Hyundai y Nissan —me comentó Guikas—. Si no quieres tener problemas, cómprate un coche europeo. Un Volkswagen o un Peugeot. Eso sí que son coches.
Al final, fue Fanis quien me sacó de dudas.
—Cómprate un Seat Ibiza —me sugirió.
—¿Por qué?
—Por solidaridad entre los pobres. Ahora los españoles y los portugueses tienen problemas, como nosotros. Para los mercados financieros, somos los PIIGGS,1 los «cerdos». Y cada cerdo debe ayudar a los demás, no hacerles la pelota a los tiburones. Quisimos vivir como tiburones y ahora estamos ahogándonos, porque los cerdos no saben nadar. Por eso tienes que comprarte un Seat Ibiza.
Y me compré un Seat Ibiza.
Petros Márkaris: Con el agua al cuello (Tusquets)
Un caluroso domingo del verano de 2010, el comisario Jaritos asiste a la boda de su hija Katerina, esta vez por la Iglesia y con fanfarria musical. Al día siguiente, poco después de llegar a Jefatura, le informan del asesinato de Nikitas Zisimópulos, antiguo director de banco, degollado con un arma cortante.
El macabro homicidio coincide con una campaña que alguien, amparándose en el anonimato, ha emprendido contra los bancos, animando a los ciudadanos a que boicoteen a las entidades financieras y no paguen sus deudas e hipotecas. Lo cierto es que Grecia, al borde de la bancarrota, pasa por un momento muy crítico, y la población no duda en salir a la calle para quejarse de los recortes en sueldos y pensiones.
Para colmo, Stazakos, el jefe de la Brigada Antiterrorista, sostiene que el asesinato de Zisimópulos podría ser obra de terroristas. Jaritos, en desacuerdo con esa hipótesis, tendrá que apañárselas con sus dos ayudantes para enfrentarse a un asesino cuyos crímenes apenas acaban de empezar.

Τρίτη, 21 Αυγούστου 2012

ΕΛΛΗΝΙΚΗ ΑΣΤΥΝΟΜΙΚΗ ΛΟΓΟΤΕΧΝΙΑ 6. ΠΑΛΙΑ, ΠΟΛΥ ΠΑΛΙΑ

Capítulo 1
La Virgen me contempla desde las alturas con expresión severa, casi reprensora. Eso me parece, aunque podría ser mi impresión o un exaltado complejo grecocristiano. ¿Por qué iba a fijarse en mí la madre de Dios?
Ella contempla a su rebaño, que se apelotona en el pórtico inmenso. Y por pura casualidad me encuentro yo entre ellos, con mi esposa y un hatajo de turistas atenienses.
—El mosaico de la Virgen con el Niño data del 867 y es el más antiguo de cuantos se conservan. —La voz de la guía turística me devuelve al presente—. Fue elaborado hacia el final del periodo iconoclasta.
—Gracias, Señor, por haberme permitido verlo —susurra a mi lado Adrianí y se santigua mientras concluye—: Santa María, madre de Dios, escucha mi plegaria. —Yo sé por qué reza, pero prefiero no remover el asunto.
—La altura de la cúpula de Santa Sofía es de cincuenta y cinco metros con sesenta centímetros —suena de nuevo la voz de la guía—. Su diámetro de norte a sur es algo más corto que el diámetro de este a oeste. Allí donde se puede apreciar el texto árabe, en torno a los radios más pequeños, estaba el mosaico del Pantocrátor. El texto árabe, añadido en el siglo XVIII, corresponde al primer versículo del Corán.
En la gran cúpula central, desde el punto que señala la guía, los mosaicos se expanden en franjas que terminan delante de pequeñas ventanas iluminadas por el sol.
—¿Crees que, si rascamos los garabatos, asomará Cristo debajo? Sería divertido —dice Stelaras, y su risa chabacana resuena por la nave mientras su madre le sisea «¡chitón!» al oído.
—No es seguro que aparezca el Pantocrátor —explica la guía—. Muchos arqueólogos y conservadores sostienen que gran parte del mosaico se destruyó.
—A la vuelta de los siglos todo será nuestro de nuevo, pero ¿qué habrá quedado que pueda ser recuperado? —comenta Despotópulos con pesadumbre.
Finjo estar embobado con la grandeza del lugar y me alejo del grupo con la mirada perdida en el entorno, porque Despotópulos, general de una división acorazada en la reserva, es amante de la sagrada alianza entre las fuerzas armadas y los cuerpos de seguridad. Por eso, cada vez que lo acomete la exaltación patriótica me pregunta lo mismo: «¿Usted qué opina, comisario?». Y yo tengo que aguantarme las ganas de contestar que, puesto que los albaneses conquistaron Atenas cuando llegaron a miles tras la caída del régimen comunista, ya es hora de que nosotros reconquistemos Constantinopla, a modo de intercambio depoblaciones a la inversa.
Retrocedo desde el pórtico hasta la puerta imperial, para poder contemplar la iglesia en toda su magnitud. Es curioso, da la impresión de que Santa Sofía hubiera sido construida de tal modo que uno siempre tiene que mirar hacia el cielo, nunca hacia los infiernos. Por más que uno intente fijar la vista en lo bajo y terrenal, ella insiste en deslizarse hacia lo alto, hacia las columnas, las galerías del gineceo, las cúpulas y las ventanas que, selectivamente, iluminan el pórtico con algunas pinceladas de claroscuro. Sin duda, esto tiene que ver con el sobrecogimiento que produce el templo. Por otra parte, todo lo hermoso de la iglesia se encuentra en lo alto y hay que levantar la cabeza para admirarlo. Busco a alguien que mire hacia abajo o a su alrededor, y no encuentro a nadie.
Recorro la iglesia en círculo para admirarla en toda su inmensidad y estudiar la iluminación. Me pisa los talones un batiburrillo de lenguas: inglés, francés, alemán, griego, italiano, turco. Cierro los ojos porque me ciegan los flashes de un grupo de japoneses que se fotografían unos a otros alegremente, mientras, a mi lado, unos monjes embutidos en hábitos color marrón oscuro, con capuchas y unas cruces enormes, escuchan las explicaciones en lengua eslava de un sacerdote.
Adrianí me hace gestos desde lejos para que me reúna con ellos.

Petros Márkaris: Muerte en Estambul (Tusquets)
Tras la boda de su hija Katerina, el comisario Kostas Jaritos decide tomarse unos días de descanso y viajar con Adrianí, su temperamental mujer, a Estambul, ciudad estrechamente relacionada con la historia de Grecia. Así pues, mezclado con cientos de turistas, Jaritos se lanza a admirar iglesias, mezquitas y palacios mientras degusta la gastronomía del lugar y discute no sólo con su mujer sino también con los miembros del grupo con el que viaja. Sin embargo, todo se tuerce cuando algo aparentemente tan nimio como la desaparición de una anciana en un pueblo de Grecia se convierte de pronto en un caso de asesinato, pues informan a Jaritos de que han encontrado muerto a un pariente de esa anciana... y de que ésta se dirige a Estambul. Jaritos tendrá que trabajar codo con codo con el suspicaz comisario turco Murat, e irá internándose en la pequeña comunidad que conforman los griegos que todavía, tras el éxodo masivo que protagonizaron en 1955, permanecen en la ciudad.

Σάββατο, 18 Αυγούστου 2012

Τετάρτη, 15 Αυγούστου 2012

ΕΛΛΗΝΙΚΗ ΣΑΛΑΤΑ


Ensalada griega

Ingredientes para 4 personas:
4 tomates maduros - 1 cebolla roja - 1 pepino - 1 pimiento verde - 100 gramos de queso feta - aceitunas negras – alcaparras – oregano - aceite de oliva, sal y pimienta negra

Cortamos los tomates en octavos, la cebolla en finas laminas, el pimiento en tiritas y el pepino en rodajas.
Mezclamos en una fuente junto con el queso feta (cortado en trozos).
Salpimentamos y rociamos todo con aceite de oliva, espolvoreamos con un poco de oregano y por ultimo ponemos las alcaparras y las aceitunas negras.

Κυριακή, 12 Αυγούστου 2012

ΜΕΖΕΔΕΣ 3. ΨΗΤΕΣ Ή ΤΗΓΑΝΗΤΕΣ ΠΙΠΕΡΙΕΣ

Pimientos asados o fritos

Ingredientes para 4 personas
Tiempo de preparación: 10 minutos
Tiempo de cocción: 10 minutos

Ingredientes:
½ kg de pimientos verdes italianos – 1 chile verde (opción) – sal al gusto – aceite y vinagre

Lavar los pimientos y quitarles las semillas y los tallos con cuidado de no romperlos. Asarlos a la parrilla o freírlos en un poco de aceite de oliva, dándoles la vuelta para que se doren uniformemente. Colocar todos los pimientos en un plato hondo y mientras todavía estén calientes sazonar y rociar con el aceite y el vinagre al gusto. Si los pimientos se han frito, rociarlos con 2 ó 3 cucharadas del aceite de freír y añadir sal y vinagre al gusto. Los chiles le darán al plato un toque ligeramente picante. Cuanto más picante queramos el plato, más chile utilizaremos. Los pimientos estarán mucho más sabrosos si se sirven al día siguiente. Son deliciosos acompañados de ouzo o de vino retsina.

Vefa Alexiadou: Lo Mejor de la Cocina Griega (Vefa´s House Editions, 2004)

Τετάρτη, 8 Αυγούστου 2012

ΜΕΖΕΔΕΣ 2. ΤΥΡΙ ΣΑΓΑΝΑΚΙ

Queso frito

Ingredientes para 6 personas
Tiempo de preparación: 5 minutos
Freír de 5 a 7 minutos


Ingredientes:
300 g de kefalotiri o queso romano – aceite para freír – 1 limón – harina – ¼ cucharadita de pimienta

Cortar el queso en 4 lonchas de unos 8 mm de grosor. Mezclar e un plato unas cuantas cucharadas de harina co la pimienta y rebozar las lonchas de queso. Cubrir el fondo de una sartén con aceite de oliva. Calentar hasta que salga humo. Freír el queso, dádole la vuelta para que quede crujiente y dorado por los lados. Pasarlo a una fuente, rociar con humo de limón y servir inmediatamente. Es muy bueno acompañado de ouzo.

Vefa Alexiadou: Lo Mejor de la Cocina Griega (Vefa´s House Editions, 2004)

Σάββατο, 4 Αυγούστου 2012

ΜΕΖΕΔΕΣ 1. ΚΟΛΟΚΥΘΟΚΕΦΤΕΔΕΣ

Buñuelos de calabacín

Ingredientes para 4 ó 5 personas
Tiempo de preparación: 30 minutos
Freír durante 30 minutos


Ingredientes:
1 kg de calabacines de tamaño mediano – 75 g de cebolla rallada – 75 ml de aceite de oliva – 250 g de kefalotiri o queso romano rallado – 175g pan rallado – 100g de harina preparada – 3 huevos – 100 g de eneldo o menta picado fino – sal y pimienta – aceite para freir


Lavar y rallar los calabacines en un escurridor de verduras. Echar ½ cucharadita de sal y dejarlos escurrir por espacio de una hora (quedará cerca de 1 kg de calabacín rallado). Mientras tanto, saltear la cebolla en el aceite. Coger los calabacines y escurrirlos con las manos. Echarlos a un bol junto con los demás ingredientes, incluida la cebolla frita, y mezclarlo todo bien. Calentar el aceite en una sartén grande hasta que falte poco para que empiece a salir humo. Verter en el aceite caliente varias cucharadas de la mezcla y freír hasta que los buñuelos queden dorados y crujientes por ambos lados. Escurrir sobre papel absorbente de cocina y servir calientes acompañados de tzatziki o de una salsa de ajo.

Vefa Alexiadou: Lo Mejor de la Cocina Griega (Vefa´s House Editions, 2004)

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